Déjame que le diga algo. Dile que sus besos espantaban cualquier mal; que en sus brazos cabe el mundo entero. Dile que la piel de gallina y los escalofríos han malacostumbrado mi piel. Háblale de mis noches, de cómo le recuerdo. Dile que no seré la más guapa, pero que me entregaré a él cada día, en cada oportunidad que nos brinde la vida dándole lo mejor de mí. Que la humedad ha dejado de ser humedad. Coméntale lo solos que se sienten los semáforos. Todo lo que echan de menos ser los testigos de los besos. Dile que yo también los echo en falta...

Pero déjale claro que quizás nuestros caminos no estén predestinados a construirse a la par. Que lo asumo. Aunque el corazón me pida a gritos su voz. Su querer. Dile que no puedo callar a tan basto órgano. Pero que, quizás, tenga que acostumbrarme a esto si él lo quiere así. Dile que no encuentro un final que ponerle a nuestra historia.

Y que, si nos alejamos, me bastará con rozar sus dedos sin querer y respirar su aroma de vez en cuando buscando cualquier excusa para tenerle cerca. Sé que el corazón no me lo va a perdonar. Él, tal vez, tampoco lo haga. Así no encontraré esa paz, pero me bastará para darle rienda suelta a la imaginación y cuerda a nuestros recuerdos. Reinventándome una y otra vez en esa parte de la historia en la que las letras brotaban solas. Y no era de su boca ni de la mía. Sino de nuestras pieles.

Una historia escrita en braille.

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