jueves, 5 de noviembre de 2009

Sentir frío. Quizás morirse de frío.

Pero no, el dolor viene de más adentro.

Late con fuerza, alimentando cada extremidad.

Haciendo y dejando llevar, arrastrando.

Que ni habita ni vive. Ausente. Quizás, perdido.

Sueño. Tal vez insomnio.

Empatía. Dejadez.

El olvido: el vacío.

Hasta que el vacío no arrastra y devasta, muchas cosas en la vida pasan de largo, como a un autoestopista que espera un billete de regreso, una vuelta hacia quién sabe qué lugar.


Hoy alcé mi pulgar hasta lo más alto. No llegué a contar cuantos vehículos negaron mi presencia. Ni cuando volveré a ese punto de partida, en el que las flores dan alergia, el azul reluce, las palabras llenan, y las sorpresas están a la orden del día.


Se me olvidó pasar la página del cuaderno. Se me olvidó que las hojas cortan, y hasta se me olvidó leer. Se me olvidó que seguía aquí, al pie de la carretera. El aire azota con fuerza, y la tranquilidad y el sol de verano comparten tumba.


Al menos eso fue lo que dijo, aquel autoestopista que miraba siempre al sol, y que cruzó la carretera sin mirar hacia ningún lado, sin ni siquiera mirar atrás. Donde el pasado se enternece y duele.