martes, 13 de abril de 2010

El día, tan mustio como las hierbas pisoteadas de mi portal, ya se levantó con mal pie. La memoria no cobra peaje por hacer un viaje hacia atrás. La chica de los lunares en el ombligo no tomó precaución alguna, y salió de casa sin ni siquiera mirar por la ventana, aun a sabiendas de que los días grises los tiene totalmente prohibidos por su médico. No había marcha atrás. Pastillas y pastillas de regaliz, para el dolor de cabeza. Y para el mal de distancia… Amor. Y del bueno, del embotellado.

Entre saltos y traspiés se dirige al metro, como todas las mañanas. Mientras, rememora aquellas calles que abrazaron su amor. Ella misma se abraza, recordando ese calor dulce y con sabor a sandía. Creía tener la vaga sensación de ver sus recuerdos en blanco y negro, pero tampoco le dio mucha importancia. Hasta que en sus recapitulaciones se comenzó a notar el polvo y los arañazos. Flotó por un momento: cuando la punta de su zapato izquierdo acarició el suelo creyó que habían pasado años y años.

Tantos… que las pastillas de regaliz habían caducado.