miércoles, 1 de octubre de 2008


En la vida, nos angustia el no tener un amor perfecto en el que creer, el amor nos condiciona en su afán de perfección. No nos percatamos de que la felicidad llega un día cualquiera, y posiblemente a veces (no casi siempre) viene al calor del dulce amor de un niño. El amor hace uso de un buen disfraz, tras el que se esconden infinidad de bondades o maldades. Esas ropas irónicamente nos llevan a usarlas como venda para nuestros ojos, como el ciego que no quiere ver.
Me encantaría que me amasen con los ojos abiertos, me encantaría ver el reflejo de lo que podría llegar a ser en ellos. Me encantaría reflejarme en unos ojos llenos de esperanza, y a la vez llenos de temores, porque es en esos en los que encontramos la verdadera ternura.
¿De qué nos sirve andar con los ojos abiertos en un mundo casi a ciegas?