lunes, 20 de junio de 2016


Lo atroz de lo evidente. 
Las prisas no son buenas compañeras y pocas veces nos lo recuerdan a voces. 
Y te lo dice una calle, cada baldosa, retumba el eco entre sus paredes. 
El sol se pone... Y la luna sigue alumbrando el cartel que reza la advertencia. 
Cual farola.
 

miércoles, 21 de octubre de 2015

Carta abierta a un ex

Puede ser que haga mucho tiempo que no hablamos, y puede ser que tuviéramos muchas más palabras crudas que dulces que decirnos.

En un instante todo se tambaleó. La relación llegó a su momento y tropezamos con esa piedra. Decidimos zanjar de una vez por todas con el dolor, porque ninguno de los dos nos sentíamos bien con esa situación. Pero esa noche nos fue imposible dormir, derramamos alguna que otra lágrima, nos echamos de menos... Y aún estando a unas decenas de kilómetros de distancia, nos pudimos sentir como si estuviéramos a millones. Y la charla del día posterior, si lo podíamos llamar así por no haber podido pegar ni ojo, fue de dudas infinitas.

No nos podía haber pasado a nosotros. Era mucho tiempo. Éramos la pareja perfecta. Esto debía tener arreglo, y ¿Por qué no intentarlo?. Pero el amor ya no era el mismo. No teníamos esa inocencia. La herida dolía y mucho, y eso valía más que ponernos a arreglar este desastre.

Pero justo en este momento, a en punto queríamos arreglarlo, a y media "lo mejor es que nos demos un tiempo", y a menos cuarto "esto no tiene solución y va a ser mejor que lo dejemos".

Y nos dolimos. Nos dolimos mucho. Hablábamos hasta altas horas destrozándonos el corazón, porque lo que necesitábamos era estirparnos el uno al otro. Hablábamos de qué soluciones podíamos encontrar, de cómo nos sentíamos, de lo que nos dolía del otro, de todas esas cosas que habíamos dejado de hacer y que condenábamos como culpables del fin de la relación, por no condenarnos a nosotros mismos. El siguiente paso era justamente ese, el que no queríamos dar: fin de los finales. Nada de hablar ni vernos durante un tiempo. Debíamos olvidarnos. Debíamos obviarnos el saludo si nos cruzábamos en la calle y mirar hacia otro lado como dos extraños, aunque fuéramos dos extraños que se conocían demasiado bien.

El duelo no fue fácil. Tampoco acabó ahí. El tiempo empezó a correr y los alti-bajos estaban a la orden del día. Al principio uno se siente libre, ya no está atado a una persona e incluso le gusta la idea de poder coquetear con otros, pero sin ser de nadie. Eso de "pertenecer a alguien" ya no estaba en nuestra mente, no podíamos ser de nadie más. Debía haber un nosotros. Pero de repente un mensaje, una llamada, un recuerdo, un "vamos a intentarlo otra vez, sólo una última oportunidad".

Un error...

Y llegamos a cometerlo.

Llegamos a ese punto de querer intentarlo de nuevo, porque en este momento sólo recordábamos todas las cosas buenas que nos habían pasado. Y ahí estuvimos, de nuevo construyendo un camino juntos. Fue como dar marcha atrás, volviendo a ese tiempo que sí que nos gustaba, en el que éramos tremendamente felices. Pero no nos dimos cuenta que ahora estábamos aún convalecientes. Y la herida era reciente, aún palpitaba. Y entrábamos en ese estado de arrepentimiento, completamente desincronizados, tan pronto como sentíamos bandadas de mariposas en el estómago.

Y, aún siendo conscientes de los errores... Volvimos a tropezar en esa piedra.
En esa parte del camino.
En ese lugar donde dolió tanto la primera vez.
Justamente en el mismo sitio.
Todo nos llevaba ahí.
El crudo abismo.

Y ahí fue donde comprendimos que era una estupidez seguir forzando algo que estaba acabando poco a poco con nosotros. No nos merecíamos hacernos ese daño, pero ya no al otro, sino a nosotros mismos. Por amor propio, ese algo que teníamos, debió acabar.

Y volvimos a nuestras vorágines personales: subidas, bajadas, arrepentimiento, alegría, melancolía... Todo. Me sentí rota por dentro. Imagino que tú también, porque te conozco. Esta batalla me sirvió para darme cuenta que, cuando una relación se acaba, siempre van a estar esas ganas de volver con esa persona para enmendar todos los errores que cometemos. Podemos pensar que se puede arreglar, que todos los años valen más que eso, que no puede acabar así... Pero a veces es estrictamente necesario. Algunas historias tienen principio y final y debemos aceptarlo.

Lo que nos pasa durante ese duelo es que esa persona ha formado parte de nuestra vida durante mucho tiempo, y es parte de esa rutina y hasta nuestra zona de confort. Salir de la zona de confort asusta. Hacer una nueva rutina supone esfuerzo. Y en ese momento tenemos las pilas un tanto bajas, por lo que es normal que sintamos que queremos volver a todo eso que teníamos, porque es más fácil que soportar nuestros pensamientos y estar a solas con nosotros mismos. Y lo único que ocurre es que es necesidad. Llega un día en el que, sin razón aparente, descubres esa verdad que está dentro de tí, y todo empieza a tomar sentido.

La superación de algo así duele tanto como la satisfacción que se queda cuando pasa la tormenta. Y claro que pensé que al principio sería raro verte con otra persona, o que tú me vieras a mí; pensé mil y una veces que jamás encontraría de nuevo el amor ni una persona con quien compartirlo... Dejé de creer porque pensaba que esas historias solo se pueden vivir una vez y no hay más oportunidades.

Pero fue nuestra historia la que sólo vivimos una vez, porque no hay cabida para más. Y ahí está, con su punto y final. Pensé que la vida no me daría nunca más algo así y no andaba muy equivocada: la vida me ha dado otra persona, maravillosa, otra oportunidad y una historia nueva que escribir. Sí, sí. Nueva, porque no puede ser de otra manera, ni me puedo empeñar en escribir algo que ya escribí antes, porque no tendrá éxito.

Te puedo contar que soy muy feliz ahora. Que le he dicho Te quiero no sé ya ni las veces, pero que lo hago siempre que puedo, y sin sentirme mal por habertelo dicho antes a tí.  Que he andado con él de su mano por las ciudades por las que anduve de la tuya, y no he sentido ni la menor extrañeza. Porque sé que te tengo ahí, guardado en nuestra historia, y ese es únicamente el lugar que debes ocupar. No sería justo ni para él, ni para ti ni para mí que te recordase en cada rincón que visito con él. Tu formas parte de mi pasado y eso no me dejaría vivir mi presente.

Ni que decir tiene, que sentirás algo parecido por tu parte. No nos debemos ningún luto, pese a todo lo que pueda decir la gente. Las heridas se infectan si no dejas de tocarlas, y creo que hace mucho tiempo que nos hemos perdonado esa herida para que nuestra historia pueda conservarse digna.

Y su sitio es justamente ahí, en el pasado.

domingo, 18 de octubre de 2015

Déjame que le diga algo. Dile que sus besos espantaban cualquier mal; que en sus brazos cabe el mundo entero. Dile que la piel de gallina y los escalofríos han malacostumbrado mi piel. Háblale de mis noches, de cómo le recuerdo. Dile que no seré la más guapa, pero que me entregaré a él cada día, en cada oportunidad que nos brinde la vida dándole lo mejor de mí. Que la humedad ha dejado de ser humedad. Coméntale lo solos que se sienten los semáforos. Todo lo que echan de menos ser los testigos de los besos. Dile que yo también los echo en falta...

Pero déjale claro que quizás nuestros caminos no estén predestinados a construirse a la par. Que lo asumo. Aunque el corazón me pida a gritos su voz. Su querer. Dile que no puedo callar a tan basto órgano. Pero que, quizás, tenga que acostumbrarme a esto si él lo quiere así. Dile que no encuentro un final que ponerle a nuestra historia.

Y que, si nos alejamos, me bastará con rozar sus dedos sin querer y respirar su aroma de vez en cuando buscando cualquier excusa para tenerle cerca. Sé que el corazón no me lo va a perdonar. Él, tal vez, tampoco lo haga. Así no encontraré esa paz, pero me bastará para darle rienda suelta a la imaginación y cuerda a nuestros recuerdos. Reinventándome una y otra vez en esa parte de la historia en la que las letras brotaban solas. Y no era de su boca ni de la mía. Sino de nuestras pieles.

Una historia escrita en braille.
En ese día, en esa mañana, en ese imaginario…
Próxima estación: Chamartín. Correspondencia con Línea 1 de Metro y Cercanías Renfe.
Le encantaba escuchar el barullo del Metro. Sentirse arropada entre las voces o los susurros, el silencio, las historias que viajan de estación en estación: las que te abandonan antes de lo deseado, las que bajan en la misma parada que tú y que persigues hasta saciarte, las que nunca sabrás cómo acabarán…
En silencio, miraba a la gente y se sumergía en el vaticinio de sus vidas. El ritmo narrativo viajaba tan rápido como el tren, con pausas, intrigas y acelerones inesperados. Nunca sabía de dónde venían o a dónde iban. Se centraba en ese instante, en esa parte del día que compartía con esas personas. Era como entrar en el mundo cosmopolita de los sentimientos.
Siempre estaban los señores de traje y cara gris; los enamorados que le hacían sonreír mientras intentaba recordar el sabor de uno de sus miles de besos; también estaban los preocupados, los que intentaban pasar desapercibidos con el alma rota; nunca faltaban los turistas, ni los carteristas aprovechados; los que viajan por placer y los que lo hacen por obligación; los que se quedaron en su estación esperando al metro mientras su cuerpo viaja inerte hacia nadie sabe dónde; los que ya han llegado a su destino y desean que ese tren nunca frene; los que andan buscando a la vida para que les dé otra oportunidad; los maquinistas que han acabado el turno; los que duermen y curiosamente se despiertan cuando deben bajar, no sin antes dar el testigo del sueño al próximo viajero que espera en el andén en una eterna carrera de relevos; los soñadores; los que ríen mirando al vacío; los que hablan a gritos por el móvil; los que leen; los que andan de un lado a otro mientras el tren está en marcha; los que tienen su salida perfectamente calculada…
Sus historias siempre quedaron ahí, sin acabar, haciendo trasbordos de estación en estación. Y quizás otro tren le brindaría la oportunidad de continuar con la escritura.
Próxima estación: Tribunal. Correspondencia con Línea 1 de Metro.
Era su parada. Cogió sus cosas y bajó. Siempre maldecía a aquel que ideó la red de Metro. Sobretodo, el que se encargó de la estación de Tribunal. Un completo laberinto. Siempre se proponía ver si era capaz de salir a la primera y por la salida adecuada. Aunque eso era lo de menos.
La universidad, esa tarde, tenía que esperar. Necesitaba parar el tiempo. Andar por Malasaña y cruzar las corrientes de gente que andan por la Gran Vía y por Sol para llegar al barrio de Lavapiés eran las únicas tareas que tenía en mente. Si el día se despertaba gris, si la necesidad de perderse para encontrarse amanecía con ganas, se entregaba a esas pequeñas calles de la gran ciudad. ¿Porqué? No lo tenía muy claro, pero había algo que la reconfortaba. Y como nunca supo adivinar el qué, pensó que sería la mezcla de todo.
Mientras caminaba, se dio cuenta de algo. La gente se mueve entre el alboroto, y todos se dejan llevar hacia el mismo sitio. Como las corrientes de agua. Ella no quería eso. No sabía cual sería su destino, lo único que tenía claro es que era único. Quizá a contracorriente, pero suyo.
Es hora de volver a casa, pensó. Se encontró con la boca de Metro de Antón Martín, y allí acabó su letargo.
Estaba tan cansada que esta vez corrió para buscar un sitio donde dejarse caer. A esa hora todo el mundo volvía al hogar, así que se conformó con sentarse en el suelo, que tampoco le disgustaba.
Próxima parada: Fuencarral.
Este era su destino. Quizá no el destino de su vida. Este tren no admitía pasajeros sin retorno. Así que… Le tocó bajar. A la salida del Metro siempre se encontraba con los trabajadores que después de un arduo día de trabajo paraban a descansar en la terraza del bar Hnos. Rodríguez.
Llegó a casa, y nadie allí la esperaba. Se quitó la chaqueta y se puso el pijama y, sin querer, también algunos que otros pensamientos. La realidad la arropaba esa noche. Aún así, era fuerte, y no podía dormir sin antes sonreír. Pase lo que pase, mañana amanecerá otra vez. Y así se sumergió bajo las sábanas. Le recordó a él, y se durmió pensando en los abrazos que le daba y en esa manera tan única que tenían de quererse. Y así sintió que todo estaba bien.
…En ese día, en esa noche, en esos sueños.



Recuerdo cuando te contaba que me gusta pensar que las personas son de piedra, y que todo lo que sucede a lo largo de su vida le curte. Le hace. Recuerdo también que me decías que era mejor que fueran de otro material, un material irrompible. Que no se pudiera lastimar con facilidad. A lo largo de este tiempo he descubierto que hay personas que son de madera, talladas con gran belleza. Otras siguen siendo tan fuertes como la piedra. Las hay débiles, de cerámica quizás, y una vez que se rompen no es tan fácil recomponer los trozos. Pero siempre me ha quedado una cuestión en el aire: ¿Tu y yo, de qué material somos?...

Y esas dos almas gemelas caminaron hacia un lugar donde se sentían seguros. La pregunta aún estaba suspendida en el aire. Puede ser que no les importase de qué están hechos. La satisfacción de saber que eran idénticos era suficiente. O al menos así era como se sentían.

Al pararse, se miraron a los ojos. Se besaron. Y allí se quedaron para siempre.

Y su amor se convirtió en una obra de arte.
                                                                El beso - Rodin

Besos en conserva

Todas las mañanas, se paraba a mirarla mientras cruzaba la calle. La crisis está a la orden del día y sabía que ella no tenía trabajo: su quehacer no era otro que ser feliz. De todas maneras salía temprano e iba dos calles más allá con un tarro de cristal en una mano. Algo tenía de especial. Empezó deseándole los buenos días, porque pasaba por la parada donde él cogía el autobús para ir a trabajar.
Ella comenzó a devolverle el saludo.

Un día, aún a sabiendas de llegar tarde decidió seguirla. Su tarea consistía en ir a un local que cuando lo habría salía magia de él. Como gran soñadora, le gustaba pensar que por las mañanas había gente que se dedicaba a recoger las estrellas, ponerle el color a las calles, el frío, la luz o hacía que saliera el sol. Ella se encargaba de la magia. A veces, egoísta, se metía corriendo, dejando escapar apenas unas pinceladas. Allí se sentía agusto, se sentía ella misma, y comenzaba su jornada. Entre pinceles y flashes pasaba el tiempo. Nadie controlaba las horas, ni siquiera el hambre o el sueño. Comenzaba cuando llegaba y finalizaba su 'jornada' cuando se iba. Nada más.

Sabía que le seguía, así que ese día fue completamente mágico porque la puerta se quedó abierta de par en par. Esperó a que él llegase allí y le preguntó en qué podía ayudarle. Simplemente es curiosidad, contestó. Ella, con un gesto humilde le invitó a pasar. Él, boquiabierto, pensó estar en un cuento, en una historia que se escribía alrededor pero que no era la suya. Se sentía el espectador de algo maravilloso.

Algo le llamó mucho la atención, y fue una repisa que estaba a rebosar de tarros de cristal vacíos, como el que llevaba cada día en la mano. Estaban decorados, y algunos tenían fechas escritas, pero seguían vacíos. Aún inmerso en esa burbuja pero harto de curiosidad le preguntó: Y oye, ¿Esos tarros que son? ¿O para qué sirven?

- Sirven para que estén ahí, ocupando ese lugar que es suyo. 

Él no entendía nada, ella lo sabía y prosiguió.

- ...En ellos guardo sus besos. Esos besos que siempre deseo darle y no le puedo dar cuando no le veo. Me encanta cerrar los ojos y fundirme con él, pero nunca me sacio. Quiero empacharme con sus besos, pero el tiempo juega en nuestra contra y cuando nos amamos pasa volando. Asi que, cojo un tarro vacío, miro a ver si algún otro enamorado se ha despistado y se ha dejado algún beso ahí y los lleno, siempre a rebosar. 

Sin mediar palabra, salió de allí dejándole una sonrisa como despedida.

Aquella noche él salió tarde de trabajar y decidió pasar por aquel lugar. Oyó el tintinear de los tarros. Pensó que la noche estaba revolucionada y el viento los movía.

Ella, desde su cama dormitaba. De su abuela heredó un gran sentido del humor y un oído finísimo. El silencio de la noche le ayudaba a escuchar también el tintineo mientras intentaba soñarse a su lado. Y lo único que pensaba era que los besos para su príncipe estaban deseando salir.

Trama cíclica

Cada libro tiene su página en blanco.
Las páginas en blanco hacen florecer letras, que se abrazan en palabras contando historias.
Dos personajes en la trama única y principal:
Ella tiene una pluma e infinitas letras en el tintero.
Él tiene un lápiz y su espalda como lienzo.
Cada historia tiene sus protagonistas, y esos protagonistas se tienen el uno al otro. Y tienen también un libro, con páginas en blanco.

Y cada libro tiene su página en blanco.
Lás páginas en blanco hacen florecer...

martes, 4 de febrero de 2014

La vida tiene tantas interpretaciones como personas hay en el mundo. Las comparaciones siempre están ahí, dulces o crudas metáforas, pero están.

Un cruce de caminos. Eso es. Vivimos en un continuo cruce. Y como conducimos un coche, conducimos nuestra vida. Miramos, izquierda o derecha. Nos aprendemos esos lugares y a veces ni nos hace falta. Es intuición. Y a veces va bien, como otras tantas que van mal. Frenar y ceder. Que frenen y te cedan. Y si todos somos capaces de hacerlo por mucho que cueste a veces y pese a los frenazos por los despistados, evidentemente por llamarlos de alguna manera, la vida fluye.

Lo que pasa es que no lo hace. Ni fluye, ni cedemos, ni nos ceden, ni seguridad vial ni... ¿Cuál es el manual para conducir una vida?

lunes, 30 de diciembre de 2013

Vamos a mentirnos

Vamos a pasear de la mano las tardes de domingo de invierno por el centro de la ciudad.
Vamos a bailar al son de la música callejera,
Te dejo que me pises un poco los zapatos
Sólo si dejas que te llame ‘torpe’.

Cómprame flores, te invito a cenar.
Podemos sonrojarnos frente a la muchedumbre, besarnos, o correr mientras nos gritamos cuanto nos queremos. 
Después puedes acompañarme a casa
Y caeremos presos de una despedida infinita.
No pararemos de besarnos,
Ni de contarnos mil y una batallas,
Yo no pararé de decir que hace frío
Y tú, que mañana sonará pronto el despertador.
Y mirando más allá de nuestros ojos,
Llegando a ese trozo del alma que está reservado para muy pocos,
O ninguno,
Nos diremos que nos llamaremos mañana,
Que aún no nos hemos despedido y ya queremos volver a encontrarnos
Y que somos lo mejor que ha pasado por nuestras vidas.

Y, amor, nunca volveremos a vernos.
No habrá más pensamientos, insomnios deseados, miradas,
Paseos, bailes, flores, ni cenas.
Tampoco besos en mi portal ni el frío que nos calaba en los huesos.
No juntaremos nuestros cuerpos, ni me meteré dentro de tu abrigo para cobijarme.
Ya se acabó la mentira. Ya no más besos de despedida.
Besos ásperos, de quita y pon, de compromiso.

Y mejor así, que esto es lo bonito.
Que este recuerdo no se acabará nunca,
Que nunca sabremos todo aquello que podría haber sido,
Y no será.
Porque no quiero, no queremos, ni tú deberías querer.
Busca a la que llamarás princesa, guerrero, que esto no es más que un sueño.

Y quizás, algún día volvamos a encontrarnos.
Quién sabe dónde y cuándo.
Y así obviemos un saludo mientras nos miramos a los ojos cual desconocidos,
Gritándonos las ganas que tenemos de mentirnos el uno al otro. Otra vez.

sábado, 28 de diciembre de 2013

No abrimos esa puerta.
No ganamos la batalla.
Jugamos con los pespuntes de las cicatrices.
Leemos rápido, y ya no lo hacemos entre líneas.
Ni entre poemas… el amor, digo.

Cambiamos el lápiz y el papel por horas de caja tonta.
Poco exteriorizamos cuando los gritos sólo se escuchan por dentro.
Dejamos de cruzar miradas con desconocidos.
Olvidamos calcular dónde está el límite.
(Y el límite no existe)

Escondemos bajo la cama los monstruos.
Nos atormenta el insomnio,
Y charlamos con ellos,
Que ni siquiera quieren salir de debajo de la cama.
Y no nos mostramos,
Ni se muestran ellos.
Quizá sea mejor así, pensamos ambos.


Y sonreímos, pero estamos jodidos.