Besos en conserva

Todas las mañanas, se paraba a mirarla mientras cruzaba la calle. La crisis está a la orden del día y sabía que ella no tenía trabajo: su quehacer no era otro que ser feliz. De todas maneras salía temprano e iba dos calles más allá con un tarro de cristal en una mano. Algo tenía de especial. Empezó deseándole los buenos días, porque pasaba por la parada donde él cogía el autobús para ir a trabajar.
Ella comenzó a devolverle el saludo.

Un día, aún a sabiendas de llegar tarde decidió seguirla. Su tarea consistía en ir a un local que cuando lo habría salía magia de él. Como gran soñadora, le gustaba pensar que por las mañanas había gente que se dedicaba a recoger las estrellas, ponerle el color a las calles, el frío, la luz o hacía que saliera el sol. Ella se encargaba de la magia. A veces, egoísta, se metía corriendo, dejando escapar apenas unas pinceladas. Allí se sentía agusto, se sentía ella misma, y comenzaba su jornada. Entre pinceles y flashes pasaba el tiempo. Nadie controlaba las horas, ni siquiera el hambre o el sueño. Comenzaba cuando llegaba y finalizaba su 'jornada' cuando se iba. Nada más.

Sabía que le seguía, así que ese día fue completamente mágico porque la puerta se quedó abierta de par en par. Esperó a que él llegase allí y le preguntó en qué podía ayudarle. Simplemente es curiosidad, contestó. Ella, con un gesto humilde le invitó a pasar. Él, boquiabierto, pensó estar en un cuento, en una historia que se escribía alrededor pero que no era la suya. Se sentía el espectador de algo maravilloso.

Algo le llamó mucho la atención, y fue una repisa que estaba a rebosar de tarros de cristal vacíos, como el que llevaba cada día en la mano. Estaban decorados, y algunos tenían fechas escritas, pero seguían vacíos. Aún inmerso en esa burbuja pero harto de curiosidad le preguntó: Y oye, ¿Esos tarros que son? ¿O para qué sirven?

- Sirven para que estén ahí, ocupando ese lugar que es suyo. 

Él no entendía nada, ella lo sabía y prosiguió.

- ...En ellos guardo sus besos. Esos besos que siempre deseo darle y no le puedo dar cuando no le veo. Me encanta cerrar los ojos y fundirme con él, pero nunca me sacio. Quiero empacharme con sus besos, pero el tiempo juega en nuestra contra y cuando nos amamos pasa volando. Asi que, cojo un tarro vacío, miro a ver si algún otro enamorado se ha despistado y se ha dejado algún beso ahí y los lleno, siempre a rebosar. 

Sin mediar palabra, salió de allí dejándole una sonrisa como despedida.

Aquella noche él salió tarde de trabajar y decidió pasar por aquel lugar. Oyó el tintinear de los tarros. Pensó que la noche estaba revolucionada y el viento los movía.

Ella, desde su cama dormitaba. De su abuela heredó un gran sentido del humor y un oído finísimo. El silencio de la noche le ayudaba a escuchar también el tintineo mientras intentaba soñarse a su lado. Y lo único que pensaba era que los besos para su príncipe estaban deseando salir.

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