miércoles, 21 de octubre de 2015

Carta abierta a un ex

Puede ser que haga mucho tiempo que no hablamos, y puede ser que tuviéramos muchas más palabras crudas que dulces que decirnos.

En un instante todo se tambaleó. La relación llegó a su momento y tropezamos con esa piedra. Decidimos zanjar de una vez por todas con el dolor, porque ninguno de los dos nos sentíamos bien con esa situación. Pero esa noche nos fue imposible dormir, derramamos alguna que otra lágrima, nos echamos de menos... Y aún estando a unas decenas de kilómetros de distancia, nos pudimos sentir como si estuviéramos a millones. Y la charla del día posterior, si lo podíamos llamar así por no haber podido pegar ni ojo, fue de dudas infinitas.

No nos podía haber pasado a nosotros. Era mucho tiempo. Éramos la pareja perfecta. Esto debía tener arreglo, y ¿Por qué no intentarlo?. Pero el amor ya no era el mismo. No teníamos esa inocencia. La herida dolía y mucho, y eso valía más que ponernos a arreglar este desastre.

Pero justo en este momento, a en punto queríamos arreglarlo, a y media "lo mejor es que nos demos un tiempo", y a menos cuarto "esto no tiene solución y va a ser mejor que lo dejemos".

Y nos dolimos. Nos dolimos mucho. Hablábamos hasta altas horas destrozándonos el corazón, porque lo que necesitábamos era estirparnos el uno al otro. Hablábamos de qué soluciones podíamos encontrar, de cómo nos sentíamos, de lo que nos dolía del otro, de todas esas cosas que habíamos dejado de hacer y que condenábamos como culpables del fin de la relación, por no condenarnos a nosotros mismos. El siguiente paso era justamente ese, el que no queríamos dar: fin de los finales. Nada de hablar ni vernos durante un tiempo. Debíamos olvidarnos. Debíamos obviarnos el saludo si nos cruzábamos en la calle y mirar hacia otro lado como dos extraños, aunque fuéramos dos extraños que se conocían demasiado bien.

El duelo no fue fácil. Tampoco acabó ahí. El tiempo empezó a correr y los alti-bajos estaban a la orden del día. Al principio uno se siente libre, ya no está atado a una persona e incluso le gusta la idea de poder coquetear con otros, pero sin ser de nadie. Eso de "pertenecer a alguien" ya no estaba en nuestra mente, no podíamos ser de nadie más. Debía haber un nosotros. Pero de repente un mensaje, una llamada, un recuerdo, un "vamos a intentarlo otra vez, sólo una última oportunidad".

Un error...

Y llegamos a cometerlo.

Llegamos a ese punto de querer intentarlo de nuevo, porque en este momento sólo recordábamos todas las cosas buenas que nos habían pasado. Y ahí estuvimos, de nuevo construyendo un camino juntos. Fue como dar marcha atrás, volviendo a ese tiempo que sí que nos gustaba, en el que éramos tremendamente felices. Pero no nos dimos cuenta que ahora estábamos aún convalecientes. Y la herida era reciente, aún palpitaba. Y entrábamos en ese estado de arrepentimiento, completamente desincronizados, tan pronto como sentíamos bandadas de mariposas en el estómago.

Y, aún siendo conscientes de los errores... Volvimos a tropezar en esa piedra.
En esa parte del camino.
En ese lugar donde dolió tanto la primera vez.
Justamente en el mismo sitio.
Todo nos llevaba ahí.
El crudo abismo.

Y ahí fue donde comprendimos que era una estupidez seguir forzando algo que estaba acabando poco a poco con nosotros. No nos merecíamos hacernos ese daño, pero ya no al otro, sino a nosotros mismos. Por amor propio, ese algo que teníamos, debió acabar.

Y volvimos a nuestras vorágines personales: subidas, bajadas, arrepentimiento, alegría, melancolía... Todo. Me sentí rota por dentro. Imagino que tú también, porque te conozco. Esta batalla me sirvió para darme cuenta que, cuando una relación se acaba, siempre van a estar esas ganas de volver con esa persona para enmendar todos los errores que cometemos. Podemos pensar que se puede arreglar, que todos los años valen más que eso, que no puede acabar así... Pero a veces es estrictamente necesario. Algunas historias tienen principio y final y debemos aceptarlo.

Lo que nos pasa durante ese duelo es que esa persona ha formado parte de nuestra vida durante mucho tiempo, y es parte de esa rutina y hasta nuestra zona de confort. Salir de la zona de confort asusta. Hacer una nueva rutina supone esfuerzo. Y en ese momento tenemos las pilas un tanto bajas, por lo que es normal que sintamos que queremos volver a todo eso que teníamos, porque es más fácil que soportar nuestros pensamientos y estar a solas con nosotros mismos. Y lo único que ocurre es que es necesidad. Llega un día en el que, sin razón aparente, descubres esa verdad que está dentro de tí, y todo empieza a tomar sentido.

La superación de algo así duele tanto como la satisfacción que se queda cuando pasa la tormenta. Y claro que pensé que al principio sería raro verte con otra persona, o que tú me vieras a mí; pensé mil y una veces que jamás encontraría de nuevo el amor ni una persona con quien compartirlo... Dejé de creer porque pensaba que esas historias solo se pueden vivir una vez y no hay más oportunidades.

Pero fue nuestra historia la que sólo vivimos una vez, porque no hay cabida para más. Y ahí está, con su punto y final. Pensé que la vida no me daría nunca más algo así y no andaba muy equivocada: la vida me ha dado otra persona, maravillosa, otra oportunidad y una historia nueva que escribir. Sí, sí. Nueva, porque no puede ser de otra manera, ni me puedo empeñar en escribir algo que ya escribí antes, porque no tendrá éxito.

Te puedo contar que soy muy feliz ahora. Que le he dicho Te quiero no sé ya ni las veces, pero que lo hago siempre que puedo, y sin sentirme mal por habertelo dicho antes a tí.  Que he andado con él de su mano por las ciudades por las que anduve de la tuya, y no he sentido ni la menor extrañeza. Porque sé que te tengo ahí, guardado en nuestra historia, y ese es únicamente el lugar que debes ocupar. No sería justo ni para él, ni para ti ni para mí que te recordase en cada rincón que visito con él. Tu formas parte de mi pasado y eso no me dejaría vivir mi presente.

Ni que decir tiene, que sentirás algo parecido por tu parte. No nos debemos ningún luto, pese a todo lo que pueda decir la gente. Las heridas se infectan si no dejas de tocarlas, y creo que hace mucho tiempo que nos hemos perdonado esa herida para que nuestra historia pueda conservarse digna.

Y su sitio es justamente ahí, en el pasado.

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